Vivir peligrosamente (Declaración de amor)
Juro que, por lo menos una vez, por lo menos una vez miraré más o menos a los ojos a una persona innecesaria. Permaneceré sobre una tapa de alcantarilla pisando el borde que roza la acera hasta que el judío muerto, hijo de un judío muerto a manos de infiel, que lea con devoción sangrante un Corán escrito en ajo laminado y encuadernado en hebras de azafrán, me permita abandonar el lugar donde mis pies se arriesgan. No esperaré a que salgan tres personas con factor común para poder entrar en el metro, incluso dos, y si alguna me mira contará igual. Me quedaré mirando todos mis libros, revistas, periódicos, manuales de manejo de pequeños electrodomésticos, apilados por separado en su orden alfabético, cromático, cronológico, y al observar la línea improbablemente irregular que algún montón pueda describir respiraré hondo y no subsanaré el error.
No volveré a hablar de las cosas antes de que sucedan, un día antes de que sucedan, una semana antes de que sucedan, un mes antes de que sucedan, un año antes de que sucedan ni durante todos los momentos intermedios, aunque esto pueda suponer cualquier desastre que nunca me atrevo a imaginar.
Caminaré sin precisar si me encuentro a cincuenta centímetros de la pared del edificio, y si el número de mis pasos es impar o veintidós o cualquier otro de dos cifras iguales no repetiré el recorrido procurando encajar un número de pasos más favorable. No volveré a asustarte. No tocaré con la punta de mis dedos todos mis zapatos antes de calzarme cada mañana mi par aunque me dé miedo hacerlo por primera vez desde que tengo memoria.
Estoy dispuesto a ingerir un yogur con esos trozos de fruta que no llegan nunca a tocarse del todo, todos desiguales. Estoy dispuesto a remover el café sólo cuatro veces, o a parar en cuanto nos demos cuenta de que me están mirando, aunque lleve un número de vueltas impar o sea veintidós o cualquier otro número de vueltas de dos cifras iguales.
Aprenderé a escuchar alguna música. O volveré a escribir.
Pero mírame otra vez.
15 marzo 2009
23 febrero 2009
16.02.09 Lunes como hoy
Basado en hechos reales
Fueron a comer un gallego, un pacense y un español e hiciéronlo cerquita, que había reunión luego, a ver si así... Caminaron a penas una manzana golden y dieron con un local normal de mesas a medio servir, a medio llenar, a medio comer la gente. Eligieron la única que se deja sin mantel ni cristal que lo proteja, en honor al dios Tezcatlipoca, o “espejo negro que humea”.
No observaron que entre mesa y mesa a penas cabía una moneda de a dos, puesto que uno sólo se fija en aquello que es peripecia de la estadística y, por la misma razón, hicieron caso omiso de la camarera de dimensiones elefantiásicas que corría grácil entre las mesas a traerles presta dos cervezas, una copa de Burdeos, pan, una de tallarines y dos ensaladas, al tiempo que les entregaba la cuenta y les daba la carta:
- ¿Qué van a tomar? – dijo, y se fue.
El español abría el apetito soliviantando al gallego con su galleguitud.
- Eres gallego. Y eres negativo.
- Yo no soy gallego – dijo el gallego.
- Entonces eres negativo – dijo el pacense al pagar la cuenta, mientras echaba un vistazo a la carta, que decía así:
Los primeros:
Gazpacho de río
Sopa boba
Aranjuez
Los segundos:
Filete Rousseau
Huevos
Rotuladores en su tinta
Pan, café y postres.
- Tomaremos dos ensaladas de tomate, y para mí unos tallarines carbonara. Y de segundo el salmón, otros tallarines y para mí el ragout.
La camarera-elefante dio varias volteretas hacia atrás sobre las mesas y contra varias de las paredes, esquivando con gracia el espejo colocado a ciento cincuenta metros del suelo, para expresar su alegría por la elección de aquel hombre, y desapareció de su campo de visión.
En la mesa de al lado la diversión era mucho más grande que el mantel, bordada de un paisaje campestre, goyesco, con flores en cestas, ruiseñores y gentes de merienda en un siglo que importa poco a los que no utilizan un champú anticaspa o a sus alumnos. Era una mesa redonda para catorce ocupada por una mujer-gallina y dos candidatos a ser asesinados por ella. Lo pasaban bien. La noche anterior compartieron un quesito miniBabybel, sentados los tres en la misma silla, mientras ella les comentaba su plan y a ellos les encantaba. Hoy reían. Ella puso un huevo.
El pacense, el español y el gallego que no era gallego y si le decías que era negativo decía que no, disfrutaban de su lunes normal comiendo.
- ¿Un poco de queso rallado tal vez? – dijo el pacense.
La camarera asintió sonriendo, cavó una zanja en el suelo hasta alcanzar un río subterráneo y se fue nadando hasta desaparecer de su campo de visión.
Al año siguiente, ese mismo lunes, la paquidermo-sirvemesas trajo el queso que el pacense recibió sin sorpresa, porque nadie se sorprende si el queso rallado que ha pedido para sus tallarines se lo traen fundido.
El español y el gallego-etc. acabaron su segundo plato. El pacense adoptó la postura de esperar un ragout.
- Esperaré mi ragout así.
El tiempo pasó. La mujer-gallina decidió matar a sus amigos con un chiste inteligente y escarbó en su mente en busca del arma del crimen. Los de la mesa alegre como nunca se vio mantel, murieron de viejos. O puede que ella se cortara sin querer con el chiste y muriera desangrada (esto lo decidiré otro día; el caso es que se aprecie un gran paso de tiempo). El ragout vino.
El ragout vino montado en el descendiente directo de la montura de Anibal que ya nos es familiar a todos, y el pacense quiso mojar pan. Al oírlo, la camarera se acercó y retiró el pan de la mesa con mucho cuidado. A nadie le extrañó que lo hiciera, puesto que sus manos estaban limpias como un río de aguas subterráneas recién excavado. Y desapareció de su campo de visión.
Los cafés.
- Para mí un cortado.
- Para mí no.
- Para mí que va a llover.
Nadie llevó jamás un café a aquella mesa. Y mucho menos la camarera que podría ser sagrada en la India. No-gallego-negativo-es-discutible, pacense y español decidieron someter a votación si la comida había terminado. Salió que sí. Español estaba tranquilo.
- Todo está normal – dijo. –Todo va bien.
Basado en hechos reales
Fueron a comer un gallego, un pacense y un español e hiciéronlo cerquita, que había reunión luego, a ver si así... Caminaron a penas una manzana golden y dieron con un local normal de mesas a medio servir, a medio llenar, a medio comer la gente. Eligieron la única que se deja sin mantel ni cristal que lo proteja, en honor al dios Tezcatlipoca, o “espejo negro que humea”.
No observaron que entre mesa y mesa a penas cabía una moneda de a dos, puesto que uno sólo se fija en aquello que es peripecia de la estadística y, por la misma razón, hicieron caso omiso de la camarera de dimensiones elefantiásicas que corría grácil entre las mesas a traerles presta dos cervezas, una copa de Burdeos, pan, una de tallarines y dos ensaladas, al tiempo que les entregaba la cuenta y les daba la carta:
- ¿Qué van a tomar? – dijo, y se fue.
El español abría el apetito soliviantando al gallego con su galleguitud.
- Eres gallego. Y eres negativo.
- Yo no soy gallego – dijo el gallego.
- Entonces eres negativo – dijo el pacense al pagar la cuenta, mientras echaba un vistazo a la carta, que decía así:
Los primeros:
Gazpacho de río
Sopa boba
Aranjuez
Los segundos:
Filete Rousseau
Huevos
Rotuladores en su tinta
Pan, café y postres.
- Tomaremos dos ensaladas de tomate, y para mí unos tallarines carbonara. Y de segundo el salmón, otros tallarines y para mí el ragout.
La camarera-elefante dio varias volteretas hacia atrás sobre las mesas y contra varias de las paredes, esquivando con gracia el espejo colocado a ciento cincuenta metros del suelo, para expresar su alegría por la elección de aquel hombre, y desapareció de su campo de visión.
En la mesa de al lado la diversión era mucho más grande que el mantel, bordada de un paisaje campestre, goyesco, con flores en cestas, ruiseñores y gentes de merienda en un siglo que importa poco a los que no utilizan un champú anticaspa o a sus alumnos. Era una mesa redonda para catorce ocupada por una mujer-gallina y dos candidatos a ser asesinados por ella. Lo pasaban bien. La noche anterior compartieron un quesito miniBabybel, sentados los tres en la misma silla, mientras ella les comentaba su plan y a ellos les encantaba. Hoy reían. Ella puso un huevo.
El pacense, el español y el gallego que no era gallego y si le decías que era negativo decía que no, disfrutaban de su lunes normal comiendo.
- ¿Un poco de queso rallado tal vez? – dijo el pacense.
La camarera asintió sonriendo, cavó una zanja en el suelo hasta alcanzar un río subterráneo y se fue nadando hasta desaparecer de su campo de visión.
Al año siguiente, ese mismo lunes, la paquidermo-sirvemesas trajo el queso que el pacense recibió sin sorpresa, porque nadie se sorprende si el queso rallado que ha pedido para sus tallarines se lo traen fundido.
El español y el gallego-etc. acabaron su segundo plato. El pacense adoptó la postura de esperar un ragout.
- Esperaré mi ragout así.
El tiempo pasó. La mujer-gallina decidió matar a sus amigos con un chiste inteligente y escarbó en su mente en busca del arma del crimen. Los de la mesa alegre como nunca se vio mantel, murieron de viejos. O puede que ella se cortara sin querer con el chiste y muriera desangrada (esto lo decidiré otro día; el caso es que se aprecie un gran paso de tiempo). El ragout vino.
El ragout vino montado en el descendiente directo de la montura de Anibal que ya nos es familiar a todos, y el pacense quiso mojar pan. Al oírlo, la camarera se acercó y retiró el pan de la mesa con mucho cuidado. A nadie le extrañó que lo hiciera, puesto que sus manos estaban limpias como un río de aguas subterráneas recién excavado. Y desapareció de su campo de visión.
Los cafés.
- Para mí un cortado.
- Para mí no.
- Para mí que va a llover.
Nadie llevó jamás un café a aquella mesa. Y mucho menos la camarera que podría ser sagrada en la India. No-gallego-negativo-es-discutible, pacense y español decidieron someter a votación si la comida había terminado. Salió que sí. Español estaba tranquilo.
- Todo está normal – dijo. –Todo va bien.
29 enero 2009
De qué
Y así fue como entré a formar parte de aquella empresa. Todo lo dicho anteriormente es mentira o, cuanto menos, exageración.
Porque no es verdad que al subir al autobús y verlo casi completo, golpeara a aquella viejecita para poder subir yo en su lugar. Sólo traté de convencerla con palabras amables y discretos sobornos. Lo que pasa es que ella no atendía a razones.
Tampoco es exacto lo del guarda de seguridad de la cadena. Yo le pregunté por la cafetería y su arma se disparó. Y le dio en el centro de la espalda. Estas cosas pasan. Recuerde a Kennedy.
En cuanto al asunto de repartir caramelos envenenados entre los otros aspirantes, para quedar como única candidata, es exagerado. Porque la Dormidina no es un veneno. Lo que pasa es que atonta, sí, no es culpa mía, pero no es un veneno.
Es una exageración y también un acto harto injusto para con mi persona, que haya gente que afirme haberme visto amenazar con una navaja barbera al tipo de Recursos Humanos, el que murió. Lo que pasa es que a la gente le gusta hablar.
Y es mucho menos cierto que reventara intencionadamente a aquel pobre actor, el que metía tantas morcillas, el que discutía dos de cada tres frases. Lo que pasa es que, como todos los actores, iba por la vida sin mirar. Y si no miras donde pisas, puedes pisar una mina. Y si pisas una mina, pues eso.
Fue un desagradable espectáculo, lo reconozco. Lo reconozco porque queda bien reconocerlo, ya que puedo citar nombres y apellidos de individuos que estudiaron conmigo, que lo hubieran encontrado interesante.
Pero en cualquier caso, fue un espectáculo. ¿Y no buscamos todos espectáculo, Sr. Juez?
Y así fue como entré a formar parte de aquella empresa. Todo lo dicho anteriormente es mentira o, cuanto menos, exageración.
Porque no es verdad que al subir al autobús y verlo casi completo, golpeara a aquella viejecita para poder subir yo en su lugar. Sólo traté de convencerla con palabras amables y discretos sobornos. Lo que pasa es que ella no atendía a razones.
Tampoco es exacto lo del guarda de seguridad de la cadena. Yo le pregunté por la cafetería y su arma se disparó. Y le dio en el centro de la espalda. Estas cosas pasan. Recuerde a Kennedy.
En cuanto al asunto de repartir caramelos envenenados entre los otros aspirantes, para quedar como única candidata, es exagerado. Porque la Dormidina no es un veneno. Lo que pasa es que atonta, sí, no es culpa mía, pero no es un veneno.
Es una exageración y también un acto harto injusto para con mi persona, que haya gente que afirme haberme visto amenazar con una navaja barbera al tipo de Recursos Humanos, el que murió. Lo que pasa es que a la gente le gusta hablar.
Y es mucho menos cierto que reventara intencionadamente a aquel pobre actor, el que metía tantas morcillas, el que discutía dos de cada tres frases. Lo que pasa es que, como todos los actores, iba por la vida sin mirar. Y si no miras donde pisas, puedes pisar una mina. Y si pisas una mina, pues eso.
Fue un desagradable espectáculo, lo reconozco. Lo reconozco porque queda bien reconocerlo, ya que puedo citar nombres y apellidos de individuos que estudiaron conmigo, que lo hubieran encontrado interesante.
Pero en cualquier caso, fue un espectáculo. ¿Y no buscamos todos espectáculo, Sr. Juez?
JUAN, EL GENETISTA
El ser humano no es superior. Porque no hay dos ovejas con la cara igual y su cerebro es capaz de distinguir hasta 50 rasgos faciales diferentes. Y nosotros, con los japoneses, sólo dos: tipo Jackie Chan y tipo Bruce Lee. Y son chinos.
Y hablando de arroz. Hace poco se descubrió que compartimos el 99% del genoma con la mosca del arroz. Esto no es malo. Nada que explique cosas puede ser malo. Y a más de uno le explicará cosas.
Todos tenemos un amigo genetista. Pero Juan es especial porque tiene un hermano siamés. Los siameses se llaman así porque los primeros siameses que nacieron pegados eran siameses, de Siam, país que ya no existe. Ahora es Tailandia. Pero no decimos “tengo un hermano tailandés” porque suena a hermano masajista, y si es hermana suena peor. Estos siameses, que eran básicamente dos Bruce Lees pegados, compartían el bazo. Conservemos este sentimiento cuando no nos haga gracia compartir el champú. Juan el genetista y su hermano tailandés comparten el estómago. Pero podía haber sido peor.
Podía haber nacido compartiendo el estómago con Michael Jackson. Eso sí que sería molesto. Pero podía haber sido peor. Podía salirte un hermano siamés que sea Michael Jackson pero no al nacer, sino ya de mayor. Eso, mínimo, hay que ir al de cabecera.
- Doctor, que me ha salido un siamés. Aquí, en la espalda, en la zona del tatuaje.
- Pues es Michael Jackson.
- Pues vaya.
- Sí que es mala suerte.
- ¿Y me ha salido de negro o de blanco?
- No, no, negro. Le haremos unos análisis pero yo diría que esto es de cuando Blame it on the boggie.
- ¡Hosti, en medio de la esvástica!
Y es que un siamés puede llegar a afectarte. Y no hay ni una campaña de sensibilización. Mucho “Respeta los espacios sin humo”, pero nada de “Si te sale Michael Jackson en la espalda, la Comunidad de Madrid está contigo”.
Juan el genetista se refugia en su trabajo de genetista.
Un genetista tiene que respetar una serie de leyes. “No clonarás”. “Honrarás a tu padre y a tu madre. Y a sus padres. Y a los padres de sus padres. Y a los padres, de los padres de sus padres.” “Células madre no hay más que una, y a ti te encontré en la muestra”. Y por supuesto las leyes de Mendel, las de la herencia, las de cruzar a los individuos de tal forma que haga mejorar la especie en cada generación. Por ejemplo, no veas el curro que lleva conseguir un George Cloony. O lo fácil que es hacer un George Bush. “BricoMendel. Haga en su casa su propio George Bush. Con el nº1 le damos el ADN de Michael Jackson, una oveja con cara de Bruce Lee y una mosca del arroz. Si no le sale George Bush a la primera generación le devolvemos su dinero y una disculpa.”
Que hay que llevar cuidado con esto de la especie. ¿Adónde van los genes cuando no miramos? Juan el genetista estudió a todos los españoles. Hizo un estudio que le ocupó dos millones de folios y descubrió quién debe cruzarse con quién en España. Una cosa así no podía quedarse en un cajón, porque no cabe. Así que se lo presentó al rey, porque en la familia real miran mucho estas cosas. El rey recibió a Juan. “Hola, tú debes ser Juan el genetista”. “Y tú lo has leído en mi chapa”. El rey no sonrió pero leyó el informe. Y ¿qué creéis que hizo? Nada. Enterró el documento. Enterró dos millones de folios. Siempre ha habido sospechas de que la familia real ocultaba algo a nivel genético. Pues es el informe de Juan el genetista.
Y para terminar, una reflexión: si Bruce Lee y el rey fueran siameses ¿qué órgano compartirían? ¿Cómo sabemos que no lo fueron? ¿Por qué todo nos lleva de nuevo a reafirmarnos en que el ser humano no es superior?
El ser humano no es superior. Porque no hay dos ovejas con la cara igual y su cerebro es capaz de distinguir hasta 50 rasgos faciales diferentes. Y nosotros, con los japoneses, sólo dos: tipo Jackie Chan y tipo Bruce Lee. Y son chinos.
Y hablando de arroz. Hace poco se descubrió que compartimos el 99% del genoma con la mosca del arroz. Esto no es malo. Nada que explique cosas puede ser malo. Y a más de uno le explicará cosas.
Todos tenemos un amigo genetista. Pero Juan es especial porque tiene un hermano siamés. Los siameses se llaman así porque los primeros siameses que nacieron pegados eran siameses, de Siam, país que ya no existe. Ahora es Tailandia. Pero no decimos “tengo un hermano tailandés” porque suena a hermano masajista, y si es hermana suena peor. Estos siameses, que eran básicamente dos Bruce Lees pegados, compartían el bazo. Conservemos este sentimiento cuando no nos haga gracia compartir el champú. Juan el genetista y su hermano tailandés comparten el estómago. Pero podía haber sido peor.
Podía haber nacido compartiendo el estómago con Michael Jackson. Eso sí que sería molesto. Pero podía haber sido peor. Podía salirte un hermano siamés que sea Michael Jackson pero no al nacer, sino ya de mayor. Eso, mínimo, hay que ir al de cabecera.
- Doctor, que me ha salido un siamés. Aquí, en la espalda, en la zona del tatuaje.
- Pues es Michael Jackson.
- Pues vaya.
- Sí que es mala suerte.
- ¿Y me ha salido de negro o de blanco?
- No, no, negro. Le haremos unos análisis pero yo diría que esto es de cuando Blame it on the boggie.
- ¡Hosti, en medio de la esvástica!
Y es que un siamés puede llegar a afectarte. Y no hay ni una campaña de sensibilización. Mucho “Respeta los espacios sin humo”, pero nada de “Si te sale Michael Jackson en la espalda, la Comunidad de Madrid está contigo”.
Juan el genetista se refugia en su trabajo de genetista.
Un genetista tiene que respetar una serie de leyes. “No clonarás”. “Honrarás a tu padre y a tu madre. Y a sus padres. Y a los padres de sus padres. Y a los padres, de los padres de sus padres.” “Células madre no hay más que una, y a ti te encontré en la muestra”. Y por supuesto las leyes de Mendel, las de la herencia, las de cruzar a los individuos de tal forma que haga mejorar la especie en cada generación. Por ejemplo, no veas el curro que lleva conseguir un George Cloony. O lo fácil que es hacer un George Bush. “BricoMendel. Haga en su casa su propio George Bush. Con el nº1 le damos el ADN de Michael Jackson, una oveja con cara de Bruce Lee y una mosca del arroz. Si no le sale George Bush a la primera generación le devolvemos su dinero y una disculpa.”
Que hay que llevar cuidado con esto de la especie. ¿Adónde van los genes cuando no miramos? Juan el genetista estudió a todos los españoles. Hizo un estudio que le ocupó dos millones de folios y descubrió quién debe cruzarse con quién en España. Una cosa así no podía quedarse en un cajón, porque no cabe. Así que se lo presentó al rey, porque en la familia real miran mucho estas cosas. El rey recibió a Juan. “Hola, tú debes ser Juan el genetista”. “Y tú lo has leído en mi chapa”. El rey no sonrió pero leyó el informe. Y ¿qué creéis que hizo? Nada. Enterró el documento. Enterró dos millones de folios. Siempre ha habido sospechas de que la familia real ocultaba algo a nivel genético. Pues es el informe de Juan el genetista.
Y para terminar, una reflexión: si Bruce Lee y el rey fueran siameses ¿qué órgano compartirían? ¿Cómo sabemos que no lo fueron? ¿Por qué todo nos lleva de nuevo a reafirmarnos en que el ser humano no es superior?
14 febrero 2007
Spiros Focas 3 (Leer antes Spiros Focas 2)
Aquel hijo de la gran perra que lo parió se había escondido debajo del mueble que menos espacio guarda, entre su vieja barriga de cerezo y el suelo, también viejo y de cerezo. Eran casi las cuatro, aún llevaba las manos aceitosas, por culpa del Doctor Batista, que se había llevado su bata para siempre, y no tuvo ni siquiera el detalle de dejar en su lugar, qué se yo, unos pañuelitos de celulosa, un trapo, o quizás otra bata. Así que ahí estaba yo, con mi entonces oronda tripa junto a la del mueble aquel, intentando sacar un ratoncillo de bosque de debajo.
- Sé que estás ahí. Es inútil que finjas.
No contestó. Trece segundos faltaban para las cuatro, el primer paciente estaba a punto de entrar acompañado por la implacable, la exacta, la febril en el mantenimiento de sus férreos horarios, en una palabra: Antonia. Trece segundos. Doce para que el primer paciente me descubriera panza abajo, reptando como una constrictor. Tratando de elegir entre “la postura ortodoxa del médico sobre la silla al entrar”, renunciando a cazar al pequeño hijo de perra; y la postura “doctor, parece una constrictor ¿qué hace ahí si su barriga no es de cerezo viejo? En cualquier caso ¿puede atenderme?”.
- ¿Por qué no iba poder? Dígame qué le pasa.
El primer paciente se llamaba Benito Cerezo, lo que me hizo pensar con deseo en algún tipo de profecía por cumplir. Debo reconocer, que atender a un Benito Ratón Cerezo me hubiera encantado. Y mi mente divagó, y deseó ferviente a un Benito Ratón Hijo de Perra Debajo del Cerezo como primer paciente.
Benito Cerezo se había puesto a mi altura; él no tenía barriga y se tumbó con facilidad en el suelo junto a mi, boca abajo, en atención a mis indicaciones.
- Créame, es mucho más cómodo atenderle así. Aunque he leído su historial (mentira) prefiero escuchar de sus propios labios lo que le pasa. Gracias a mi insondable perspicacia deduje su cojeo al verle andar.
- Todo empezó el otro día, en el cine.
- ¿Algún tipo de Rambo?
- Rambo III. ¿Cómo lo sabe?
- Soy médico. Oiga, ¿no tendrá usted ningún primo o pariente que se apellide Ratón?
- Se lo diré después. Ahora voy a caminar para que me vea y pueda así hacer un diagnóstico. Es lo que me iba a pedir ahora ¿no?
- Claro, claro.
Benito Cerezo (Ratón por mis ganas) dio unos pasos por la consulta. Cojeaba.
- ¿Se fijó en Spiros Focas?
- ¿En los créditos? Sí, claro.
- Bien. Quítese los zapatos… No, sólo el derecho, y démelo.
Estudié bien la suela: era una bota normal. Se volvió a tumbar. Nos quedamos unos minutos en el suelo, mirando cada uno donde quiso. Yo, por ejemplo, reparé en la bata que no estaba del Doctor Batista, médico jubilado desde ayer, una eternidad de aceite en mis manos. Le diré a Antonia que solucione esto como sea. Es una mujer muy imaginativa, pero sólo en las horas programadas para ello.
Al regresar de mis fantasías, hurgué en la suela de la bota y saqué un papel muy, muy doblado, tanto, que se había incrustado en aquella suela. Comencé a desdoblarlo. Al principio parecía un folleto de cualquier cosa; pero comenzó a ser demasiado grande. Cada vez más. Entre Benito Ratón y yo apenas pudimos desplegarlo del todo. Resultó ser enorme, ocupaba toda la consulta ¡era algo de veras grandioso! Escribiré un artículo para la Universal Medicine Review.
Resuelto el problema de la cojera, el primer paciente se fue. Y una idea vino. Rulé de nuevo el papel, pero esta vez en forma de canutillo, y comencé a meterlo debajo del mueble donde estaba ese hijo de puta. El muy cabrón tiraba del extremo, muy fuerte. Por cómo sonaba deduje que se lo estaba comiendo. Cuanto más comía, más grande se hacía el animal.
Hasta que salió. Era un ratón hijo de puta del tamaño de un koatí. Reconozco que tuve miedo. Me miraba a los ojos. Y me dijo:
- No vuelvas a llamarme hijo de puta.
Aquel hijo de la gran perra que lo parió se había escondido debajo del mueble que menos espacio guarda, entre su vieja barriga de cerezo y el suelo, también viejo y de cerezo. Eran casi las cuatro, aún llevaba las manos aceitosas, por culpa del Doctor Batista, que se había llevado su bata para siempre, y no tuvo ni siquiera el detalle de dejar en su lugar, qué se yo, unos pañuelitos de celulosa, un trapo, o quizás otra bata. Así que ahí estaba yo, con mi entonces oronda tripa junto a la del mueble aquel, intentando sacar un ratoncillo de bosque de debajo.
- Sé que estás ahí. Es inútil que finjas.
No contestó. Trece segundos faltaban para las cuatro, el primer paciente estaba a punto de entrar acompañado por la implacable, la exacta, la febril en el mantenimiento de sus férreos horarios, en una palabra: Antonia. Trece segundos. Doce para que el primer paciente me descubriera panza abajo, reptando como una constrictor. Tratando de elegir entre “la postura ortodoxa del médico sobre la silla al entrar”, renunciando a cazar al pequeño hijo de perra; y la postura “doctor, parece una constrictor ¿qué hace ahí si su barriga no es de cerezo viejo? En cualquier caso ¿puede atenderme?”.
- ¿Por qué no iba poder? Dígame qué le pasa.
El primer paciente se llamaba Benito Cerezo, lo que me hizo pensar con deseo en algún tipo de profecía por cumplir. Debo reconocer, que atender a un Benito Ratón Cerezo me hubiera encantado. Y mi mente divagó, y deseó ferviente a un Benito Ratón Hijo de Perra Debajo del Cerezo como primer paciente.
Benito Cerezo se había puesto a mi altura; él no tenía barriga y se tumbó con facilidad en el suelo junto a mi, boca abajo, en atención a mis indicaciones.
- Créame, es mucho más cómodo atenderle así. Aunque he leído su historial (mentira) prefiero escuchar de sus propios labios lo que le pasa. Gracias a mi insondable perspicacia deduje su cojeo al verle andar.
- Todo empezó el otro día, en el cine.
- ¿Algún tipo de Rambo?
- Rambo III. ¿Cómo lo sabe?
- Soy médico. Oiga, ¿no tendrá usted ningún primo o pariente que se apellide Ratón?
- Se lo diré después. Ahora voy a caminar para que me vea y pueda así hacer un diagnóstico. Es lo que me iba a pedir ahora ¿no?
- Claro, claro.
Benito Cerezo (Ratón por mis ganas) dio unos pasos por la consulta. Cojeaba.
- ¿Se fijó en Spiros Focas?
- ¿En los créditos? Sí, claro.
- Bien. Quítese los zapatos… No, sólo el derecho, y démelo.
Estudié bien la suela: era una bota normal. Se volvió a tumbar. Nos quedamos unos minutos en el suelo, mirando cada uno donde quiso. Yo, por ejemplo, reparé en la bata que no estaba del Doctor Batista, médico jubilado desde ayer, una eternidad de aceite en mis manos. Le diré a Antonia que solucione esto como sea. Es una mujer muy imaginativa, pero sólo en las horas programadas para ello.
Al regresar de mis fantasías, hurgué en la suela de la bota y saqué un papel muy, muy doblado, tanto, que se había incrustado en aquella suela. Comencé a desdoblarlo. Al principio parecía un folleto de cualquier cosa; pero comenzó a ser demasiado grande. Cada vez más. Entre Benito Ratón y yo apenas pudimos desplegarlo del todo. Resultó ser enorme, ocupaba toda la consulta ¡era algo de veras grandioso! Escribiré un artículo para la Universal Medicine Review.
Resuelto el problema de la cojera, el primer paciente se fue. Y una idea vino. Rulé de nuevo el papel, pero esta vez en forma de canutillo, y comencé a meterlo debajo del mueble donde estaba ese hijo de puta. El muy cabrón tiraba del extremo, muy fuerte. Por cómo sonaba deduje que se lo estaba comiendo. Cuanto más comía, más grande se hacía el animal.
Hasta que salió. Era un ratón hijo de puta del tamaño de un koatí. Reconozco que tuve miedo. Me miraba a los ojos. Y me dijo:
- No vuelvas a llamarme hijo de puta.
07 febrero 2007
Spiros Focas 2 (Leer antes Spiros Focas)
Era una tarde para quedarse en casa escribiendo, pero yo tenía consulta. Así que allí estaba, agazapado detrás de mi mesa, rezando para no tener que atender ninguna enfermedad extraña, nada raro que me supusiera más que rotar un tobillo o mirar el fondo del ojo al paciente. Eran las cuatro. Acabé mi sándwich de atún, me limpié en la bata del Dr. Batista, que tiene turno de mañana, y crucé los dedos sobre mi entonces oronda tripa. Antonia no tardaría más de unos segundos en hacer pasar al primer paciente.
Al abrirse la puerta entró un hombre joven, nervioso, pero Antonia me tranquilizó con una miradita cómplice.
- Doctor, el otro día vi Rambo III y me fijé mucho en que…
- …”Salía Spiros Focas en los créditos”. Siéntese en la camilla sin zapatos ni calcetines.
- ¿Han venido más como yo?
El doctor comenzó a reírse a carcajadas, tanto, que tuve que sujetarle el fonendo mientras iba a por un poco de agua. Le costó mucho calmarse y ya empezaba a mosquearme lo de los zapatos y los calcetines.
- Es para que esté más cómodo.
- Ya.
- Además, tengo que hacerle unas pruebas de sensibilidad en la planta de los pies.
- ¿No cree que pueda ser algo… no sé, neuronal o nervioso?
La verdad es que si publicara un libro con las chorradas que se le ocurren a mis pacientes, me forraba. “No podrá ser neuronal”. Pero si te has fijado en Spiros Focas, gilipollas. En fin, que no sé cómo recobré la compostura. La verdad es que el chico lo estaba pasando mal.
- ¿Sientes esto?
- Sí, claro.
- Entonces vamos bien.
- ¿Está seguro?
- A ver, que te has fijado en Spiros Focas, que no tienes un cáncer. Túmbate del todo, levanta los dos tobillos y hazlos rotar todo lo que puedas… No, pero no te agarres con las manos a la camilla, si no, no hacemos nada.
Así estuvimos un par de minutos.
- ¿Mejor? ¿Te notas alivio?
- Pues bastante.
- ¿Lo ves? Si es que la juventud…
- Oiga, que usted es de mi edad.
- Pero yo no me fijo en las mismas cosas.
- ¿En qué se fija usted?
- ¿Sabes quién sale en Rocky IV? Julie Inouye.
- Joder.
- Espera, espera. ¿Y sabes quién sale en Staying Alive? Sylvester Stallone.
- ¿Esa no es de Travolta?
- Pero hace un cameo.
- ¿Y se queda así?
- Como me ves. Mira, mira: ¿sabes quién sale en Cobra? Paul Dion Monte.
- Joder.
Estaba realmente admirado ante aquel hombre. Mis molestias cesaron de inmediato.
- Gracias doctor, jamás lo olvidaré.
- No hay por qué.
Le dije. Y no volvimos a vernos. Por eso sé que está bien. Soy un buen médico. Sirvo a mi comunidad. Me lo merezco todo.
Era una tarde para quedarse en casa escribiendo, pero yo tenía consulta. Así que allí estaba, agazapado detrás de mi mesa, rezando para no tener que atender ninguna enfermedad extraña, nada raro que me supusiera más que rotar un tobillo o mirar el fondo del ojo al paciente. Eran las cuatro. Acabé mi sándwich de atún, me limpié en la bata del Dr. Batista, que tiene turno de mañana, y crucé los dedos sobre mi entonces oronda tripa. Antonia no tardaría más de unos segundos en hacer pasar al primer paciente.
Al abrirse la puerta entró un hombre joven, nervioso, pero Antonia me tranquilizó con una miradita cómplice.
- Doctor, el otro día vi Rambo III y me fijé mucho en que…
- …”Salía Spiros Focas en los créditos”. Siéntese en la camilla sin zapatos ni calcetines.
- ¿Han venido más como yo?
El doctor comenzó a reírse a carcajadas, tanto, que tuve que sujetarle el fonendo mientras iba a por un poco de agua. Le costó mucho calmarse y ya empezaba a mosquearme lo de los zapatos y los calcetines.
- Es para que esté más cómodo.
- Ya.
- Además, tengo que hacerle unas pruebas de sensibilidad en la planta de los pies.
- ¿No cree que pueda ser algo… no sé, neuronal o nervioso?
La verdad es que si publicara un libro con las chorradas que se le ocurren a mis pacientes, me forraba. “No podrá ser neuronal”. Pero si te has fijado en Spiros Focas, gilipollas. En fin, que no sé cómo recobré la compostura. La verdad es que el chico lo estaba pasando mal.
- ¿Sientes esto?
- Sí, claro.
- Entonces vamos bien.
- ¿Está seguro?
- A ver, que te has fijado en Spiros Focas, que no tienes un cáncer. Túmbate del todo, levanta los dos tobillos y hazlos rotar todo lo que puedas… No, pero no te agarres con las manos a la camilla, si no, no hacemos nada.
Así estuvimos un par de minutos.
- ¿Mejor? ¿Te notas alivio?
- Pues bastante.
- ¿Lo ves? Si es que la juventud…
- Oiga, que usted es de mi edad.
- Pero yo no me fijo en las mismas cosas.
- ¿En qué se fija usted?
- ¿Sabes quién sale en Rocky IV? Julie Inouye.
- Joder.
- Espera, espera. ¿Y sabes quién sale en Staying Alive? Sylvester Stallone.
- ¿Esa no es de Travolta?
- Pero hace un cameo.
- ¿Y se queda así?
- Como me ves. Mira, mira: ¿sabes quién sale en Cobra? Paul Dion Monte.
- Joder.
Estaba realmente admirado ante aquel hombre. Mis molestias cesaron de inmediato.
- Gracias doctor, jamás lo olvidaré.
- No hay por qué.
Le dije. Y no volvimos a vernos. Por eso sé que está bien. Soy un buen médico. Sirvo a mi comunidad. Me lo merezco todo.
Spiros Focas
Se había sentado al borde mismo de la silla, sobre un muslo y una mano, más propia la pose de un dibujo animado que de uno de mis pacientes. Este era de los de confianza.
- Deje de mordisquear eso. ¿Ha podido ver otra película?
- Lo intenté.
- ¿Pero pudo?
- Rambo II.
- A ver, Jose Luis ¿qué hemos dicho de Rambo II?
- Que...
- Qué.
- Que Rambo…
- Que Rambo II no la puedes ver más veces… porque…
- Porque ya la he visto seiscientas dos veces.
- Bien. ¿Lo ves como lo sabes? ¿Ves como si te pones lo sacas? Venga, dime ¿has podido ver otra película que no sea esa?
Se había cambiado de muslo sobre el que apoyarse y también de mano. Parecía un montón de arena mojada, de esos que hacen los niños “con churritos, papá, mira, dejas caer el agua con la arena y parecen las estalactitas de las cuevas de Canalobre”.
- Ayer vi Rambo III.
- ¡Hombre, Jose Luis!
Era la primera vez en once años que se sonrojaba en la consulta. Algunas veces se había puesto colorado al imaginarse que Anita le miraba. Pero no le ha mirado nunca, más que para cambiarle los pañales; nunca le ha mirado a la cara. Qué más le daría a ella. Estaba todo rojo.
- Eso es muy bueno. ¿Por qué has elegido Rambo III?
- Por Spiros Focas.
- Qué.
- Por Spiros Focas.
- ¿Qué es spiros focas?
- Sale en los títulos de crédito.
- Spiros Focas sale en los títulos de crédito de Rambo III. Es un actor.
- Por Spiros Focas.
- ¿Y cómo sabías que salía Spiros Focas?
- No lo sabía.
- Entonces, Jose Luis, mírame, y deja de mordisquear eso, ¿por qué elegiste ver Rambo III si aún no sabías que salía Spiros Focas?
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas! Pero si no la habías visto… ¿Spiros Focas sale en Rambo II? A lo mejor esperabas que Spiros Focas apareciera en Rambo III también ¿es eso?
- ¡No!
- Entonces no podías saber que salía. Jose Luis…
- Ayer vi Rambo III.
- Ya lo sé, y está muy bien, pero por qué. ¡Y no me digas por Spiros focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Foc…
Cómo no se iba a caer de la silla, y contra el pie de la lámpara se abrió la frente como para poder guardarse todo el flequillo. No hizo falta llamar a una enfermera, porque el golpe se tuvo que escuchar por todo el pasillo. Anita fue la que entró. Le miró a la cara horrorizada: la tenía toda roja.
Se había sentado al borde mismo de la silla, sobre un muslo y una mano, más propia la pose de un dibujo animado que de uno de mis pacientes. Este era de los de confianza.
- Deje de mordisquear eso. ¿Ha podido ver otra película?
- Lo intenté.
- ¿Pero pudo?
- Rambo II.
- A ver, Jose Luis ¿qué hemos dicho de Rambo II?
- Que...
- Qué.
- Que Rambo…
- Que Rambo II no la puedes ver más veces… porque…
- Porque ya la he visto seiscientas dos veces.
- Bien. ¿Lo ves como lo sabes? ¿Ves como si te pones lo sacas? Venga, dime ¿has podido ver otra película que no sea esa?
Se había cambiado de muslo sobre el que apoyarse y también de mano. Parecía un montón de arena mojada, de esos que hacen los niños “con churritos, papá, mira, dejas caer el agua con la arena y parecen las estalactitas de las cuevas de Canalobre”.
- Ayer vi Rambo III.
- ¡Hombre, Jose Luis!
Era la primera vez en once años que se sonrojaba en la consulta. Algunas veces se había puesto colorado al imaginarse que Anita le miraba. Pero no le ha mirado nunca, más que para cambiarle los pañales; nunca le ha mirado a la cara. Qué más le daría a ella. Estaba todo rojo.
- Eso es muy bueno. ¿Por qué has elegido Rambo III?
- Por Spiros Focas.
- Qué.
- Por Spiros Focas.
- ¿Qué es spiros focas?
- Sale en los títulos de crédito.
- Spiros Focas sale en los títulos de crédito de Rambo III. Es un actor.
- Por Spiros Focas.
- ¿Y cómo sabías que salía Spiros Focas?
- No lo sabía.
- Entonces, Jose Luis, mírame, y deja de mordisquear eso, ¿por qué elegiste ver Rambo III si aún no sabías que salía Spiros Focas?
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas! Pero si no la habías visto… ¿Spiros Focas sale en Rambo II? A lo mejor esperabas que Spiros Focas apareciera en Rambo III también ¿es eso?
- ¡No!
- Entonces no podías saber que salía. Jose Luis…
- Ayer vi Rambo III.
- Ya lo sé, y está muy bien, pero por qué. ¡Y no me digas por Spiros focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Focas.
- ¡Por Spiros Focas!
- Por Spiros Foc…
Cómo no se iba a caer de la silla, y contra el pie de la lámpara se abrió la frente como para poder guardarse todo el flequillo. No hizo falta llamar a una enfermera, porque el golpe se tuvo que escuchar por todo el pasillo. Anita fue la que entró. Le miró a la cara horrorizada: la tenía toda roja.
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